
Cuando estuve allí, fui a visitar la tumba de Bruce Lee. Fue un momento muy emocionante. La tumba esta en el cementerio de Salk Lake City, y es un lugar tan grande como mi propia ciudad natal. Después de perderme, y volver a perderme, pregunté a un tipejillo bajo, con gorra, y con un gruñido me señaló la tumba; estaba justo detrás de mí. Era una lápida de color rojizo, y hay una foto de Bruce en la parte de arriba de la lápida, con sus famosas gafas anchas de sol, y mirando de perfil. Cuando llegué, había un grupo de chinos que también había ido a visitarla, y estaban realmente conmovidos.
Como de pequeño yo quería también ser chino, me ponía sus ropas anchas y oscuras para ir al colegio, con alpargatas negras, y me decían que estaba como una cabra. Y además comía con palillos. Por supuesto, cuando mis padres, alguna que otra vez, nos preguntaban a mis hermanos y a mí donde queríamos comer, yo siempre elegía un restaurante chino. Ahora, entre un grupo de personas que habían sido mi pueblo en la infancia, me sentí enternecido, delante de la tumba de un héroe perdido, y cuando ellos hicieron su saludo de respeto inclinándose delante de aquella lápida, yo hice lo mismo.
Me miraron extrañados, y se fueron con paso ágil. A lo mejor pensaron que estaba loco o algo así.
Yo me quedé allí un poco más.
Extracto de la novela "La ciudad del silencio", por David Bea